jueves, 7 de agosto de 2014

Mi madre


   Tenía los ojos cansados de mirar como si su condición de espectador ya la abrumara, le doliera, así eran sus ojos: dos cántaros siempre empañados donde el sol se reflejaba para saberla viva todavía; dos cristales por los cuales veía al mundo desde dentro de ese cuerpo que se envejeció de la noche a la mañana dándole ímpetus de libertad a su alma, alentándola a buscar como escaparse cualquier día cual suspiro; desvestida de ese peso, de esa cáscara que cubre y que protege hasta volverse una carga . Así era mi madre esos últimos años: un cuerpo que se agotó de parir, una boca que se secó de palabras, unas manos que habían olvidado las caricias.
Se me iba día a día como el aire y lo sentía.
Si de algo estoy segura hoy, cuando el tiempo ha pasado y no en vano tiñéndome de blanco las sienes, cansándome de preguntarme inútilmente qué hice mal, cómo la dejé ir…es que ella ya se había ido hacía mucho: que aunque la abrazara y la besara todas esas últimas veces, ya se había ido. Porque uno no se muere con el cuerpo, eso también sé, he visto y veo diariamente a mucha gente muerta en vida que me mira desde dentro de ojos igual de vacíos, que han perdido la palabra, que olvidaron las caricias…como entonces lo hizo mi madre.
Si las almas que se aman se desgarran apenas separadas, entonces tengo el alma desgarrada, pero viva.


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