viernes, 14 de noviembre de 2014

La tarde en que me quedé sin las horas de cátedra

  Anoche, por esas cosas que uno hace sin pensar en el después, me vi obligada a salir del salón donde curso mis estudios y terminé buscando un libro en la biblioteca; no buscaba nada en particular, solo quería que ese no fuese tiempo perdido y decidí leer. Encontré, guiándome más por aquellos autores que realmente me gustan y sé que jamás defraudarán a mis expectativas apenas abrir la primer hoja, un libro de Gabo que jamás antes leí: "Doce cuentos peregrinos". Gabo me encanta, es uno de mis preferidos luego de Borges (de Borges estoy enamorada y así he de morir por esa mente más que brillante).
Comencé a leer y en el primer título que se llama "Buen viaje, señor presidente", me encontré con una historia sencilla de un hombre que supo ser protagonista de un hecho relevante y ya no lo era (me hizo acordar a "El coronel no tiene quien le escriba" en ese planteo de viejas glorias y tiempos cansinos), que se encuentra con un joven que lo ha estado siguiendo y no solo lo admira sino que, a esa altura de la vida de este hombre, puede acercarse a él y hasta compartir un almuerzo e invitarlo a su casa, cosa que este hombre no rechaza. Hasta aquí el cuento va desmadejando lentamente una historia que, como siempre logra Gabo, nos hace hasta verlos y escucharlos hablar en ese tono casi caribeño con la sola descripción del espacio y los sujetos (yo no estaba sentada entonces en un rincón de la biblioteca con un libro abierto en las manos sino me encontraba observando y escuchando a estos dos hombres mientras almorzaban en una mesa al fondo de un local de costosos cubiertos).
Seguí leyendo. El muchacho invita al hombre a su casa y quedan en verse entonces para cenar. Ambos están en Ginebra aunque son caribeños. La historia sigue y es muy interesante, pero yo me voy a detener solo en una descripción que me quedó grabada como un sello en la imaginación y es la que Gabo hace de la mujer del muchacho cuando éste le cuenta que ha invitado a cenar al "presidente" (así lo llamaban): "...Era una mulata fina de San Juan de Puerto Rico", menuda y maciza, del color del caramelo en reposo y con unos ojos de perra brava que le iban muy bien a su modo de ser".
Una magnífica descripción que no tiene desperdicio. Solo Gabo puede escribir así. No voy a contarles más, lean el libro si quieren saber, yo estoy en eso.


No hay comentarios:

Publicar un comentario